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La
vida del hombre en Silos y en su comarca, se remonta a tiempos
prehistóricos, conocida hoy en día gracias a una serie de
excavaciones arqueológicas. La vida monástica en todo el valle de
Tabladillo, especialmente en Silos, comenzó, según afirma la
tradición, en la época visigoda, tal vez en forma de pequeñas
comunidades, relacionadas e independientes entre sí al mismo tiempo.
Las afirmaciones de los historiadores y la
arqueología se apoyan para sostener que el Monasterio de Silos tuvo
principio en el curso del siglo VII. Por aquel entonces, y dadas las
características geográficas del valle, los monjes simultanearon la
vida monacal eremítica con la comunitaria, en forma de colonias
monásticas pequeñas que llenaron todo el valle. Esta vida primera se
prolongó desde el siglo VII hasta finales del primer cuarto del VIII,
cuando los árabes conquistaron la Península Ibérica. A partir de
aquí, no sabemos si los monjes optaron por retirarse a las montañas
cántabroastures para luego regresar como comunidad mozárabe.
En el siglo X, la comunidad de monjes de Silos
tiene una vida pujante y está bien organizada. Conocemos los nombres
de algunos de sus abades: Gaudencio (929-943), Diego (950),
Placencio (954), Blas (978-979), Nuño de Doñasantos (1019), y tiene
edificios monasteriales e iglesia. Posee propiedades bastante
extensas que confirma el viernes 3 de junio de 954 el conde Fernán
González. Funciona ya su scriptorium, del que se conservan
aún 3 ejemplares: "Las Conferencias de Casiano", copiadas por el
monje Alburano en 928; el "Comentario a la Regla de San Benito" de
Esmaragdo, escrito en 945 por el monje Juan y, sobre todo, el famoso
manuscrito que contiene "Las Glosas Silenses", de hacia 970. A fines
del siglo X y durante la primera mitad del siglo XI, la comunidad de
Silos decaerá material y espiritualmente, debido a las razzias de
Almanzor.
Providencialmente, llega a Silos en este
momento el Abad Santo Domingo. Era el 24 de enero de 1041 y regirá
el monasterio durante 32 años, hasta su muerte acaecida el 20 de
diciembre de 1073. Toda la historia del monasterio y de la comunidad
girará en adelante alrededor de este gran hombre: se convierte en el
titular del monasterio; es el patrono e intercesor ante Dios; es el
taumaturgo que obra milagros... Gracias a su obra y a la de sus
sucesores, nace en Silos el gran monasterio románico: el claustro
genial, la gran iglesia románica con tres naves, pórtico y cinco
ábsides y las otras dependencias necesarias para la vida de la
comunidad.
Entre los siglos XI y XV, Silos será un
monasterio con gran vida y actividad, tanto interna como externa,
convertido ya en una comunidad observante e influyente; un centro de
peregrinaciones y de vida cristiana en torno al sepulcro de Santo
Domingo; un ejemplo notable de caridad cristiana y monástica, con la
ayuda espiritual y material a los peregrinos y necesitados; un
centro educativo con su escuela monástica; un extraordinario centro
cultural, con su scriptorium, de donde salieron manuscritos de la
talla del Beato que se conserva hoy en la Biblioteca Británica de
Londres; un centro artístico con su admirable taller de orfebrería,
y un patrimonio material muy extenso que da vida no sólo a la
comunidad silense, sino también a muchas aldeas, iglesias, granjas y
pequeños monasterios, repartidos especialmente por las dos
Castillas.
Siglos más tarde, en 1512, Silos se adhiere a
la Congregación Benedictina de Valladolid, y la comunidad entra en
una etapa de normalidad a lo largo de tres siglos, de 1512 a 1835.
En 1835 se interrumpe la vida monástica en
Silos. A consecuencia del decreto de desamortización del ministro
Mendizábal y expulsión de los religiosos de sus conventos, el 17 de
noviembre la comunidad benedictina de Silos se dispersa. En el
desorden se iban a perder para el monasterio y para España la mayor
parte de los manuscritos de su archivo, las alhajas acumuladas a lo
largo de más de un milenio, y casi todas sus obras de arte. También
los edificios, con el tiempo y la negligencia, se fueron
deteriorando
Afortunadamente, el 18 de diciembre de 1880,
un grupo de monjes benedictinos franceses de la Abadía de Ligugé,
dirigido inteligentemente por un monje de Solesmes, Dom Ildefonso
Guépin, salvó a Silos de la catástrofe total al elegir sus ruinas
como morada. Estos monjes fueron restaurando con esfuerzo el
monasterio silense, y con la restauración material, procuraron
recuperar parte de sus restos culturales; así, buscaron y
encontraron 14 manuscritos medievales, muchos diplomas, también de
la Edad Media, y casi todo el archivo de la Edad Moderna. En este
largo siglo de vida monástica contemporánea, la comunidad
benedictina de Silos ha tenido y tiene una gran vitalidad: con su
testimonio, con sus celebraciones litúrgicas, con sus aportaciones a
la cultura y con su irradiación fundando varias casas nuevas en
España como Estíbaliz (Alava), Montserrat de Madrid, Leyre
(Navarra), Abadía de la Santa Cruz (Madrid), y en Hispanoamérica
México y San Benito de Luján en Buenos Aires, Silos ocupa un lugar
importante en la Orden Benedictina actual.
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